LA DESAPARICIÓN DE ROBERTO MÉNDEZ. (Sintió la oportunidad. 5)

Sintió que la oportunidad de atrapar su ambición se le escurría como granos de arena entre los dedos.

           
Jacqueline no lo perdonaría jamás. A su amante, los errores la enervaban. Él le había fallado. No sabía dónde, cuándo y cómo, pero le había fallado.
             Había extremado las precauciones en cada una de sus visitas a Jacqueline. Incluso contrató a un experimentado escolta, al que remuneraba espléndidamente y cuyo turbio pasado sólo Roberto conocía; todo, para proteger el carácter secreto de estas citas.
            En el improbable caso de que Sergio hubiera dispuesto de la cantidad suficiente para sobornar al escolta, éste no habría sucumbido a la tentación de traicionar a Roberto por miedo a que desvelara sus miserias; le iba la vida en ello.
            Por muchas vueltas que le daba, Roberto no encontraba el frágil eslabón que había roto la cadena.
            ¿Y si lo que fallaba era la premisa de su razonamiento? ¿Y si Sergio no era su carcelero?
            De repente, se le erizaron todos los vellos. Otra posibilidad serpenteó por su mente zarandeando sus cimientos: Jacqueline. ¿Lo habría utilizado ella para hacerse con ALCUMETSA?
             “¡Qué tontería! Jacqueline me ama, mejor que eso, está enganchada a mí” ,pensó Roberto, dejando asomar a sus labios una malévola sonrisita. La vanidad cerró de inmediato la puerta a esta opción.
            Resolvió que sus miedos le habían jugado una mala pasada, que su reclusión no respondía a ninguna estratagema para expulsarlo del juego, sino al clásico secuestro a cambio de un rescate millonario.
            El frío del suelo lo empujó a levantarse.
            Al cabo de un rato, su estómago le recordó con un gruñido que llevaba muchas horas olvidado. Lo acalló con un trago de agua; no había nada más.
            Mientras practicaba, de mala gana, algunos ejercicios de estiramiento para desentumecer los músculos agarrotados y calmar la ansiedad, se fue convenciendo de que no tenía nada que temer: el secuestro había sido ejecutado con profesionalidad, y como él no había visto ni oído a nadie, el secuestrador o secuestradores no tendrían motivo para eliminarlo.
            Bueno, quizás sí debía inquietarse: por primera vez desde su encierro, le dedicó un pensamiento a Eugenia, su esposa, no porque la amara, sino porque la consideraba tan estúpida que recelaba que metiera la pata en el intercambio.

            Un “clic-clac” seguido de un débil chirrido resonó por la galería. Roberto dirigió la mirada hacia la puerta. Se aproximó a ella con cautela. Aguzó el oído. Todo en silencio. La empujó suavemente con una mano. La puerta se entreabrió hacia afuera. Echó un vistazo a la estrecha abertura antes de asomar lentamente la cabeza por ella. Nada, nadie. Expectante, franqueó la puerta.
(Continuará mañana)