LA MUJER QUE NUNCA MIRABA AL MAR. Capítulo III

CAPÍTULO III


Lucía intentó en vano contactar con su padre. Imposible localizarlo. A saber qué país barrido por la miseria estaría pateando mientras la policía buscaba en una cala cercana a su domicilio, cualquier rastro que permitiera dar con el paradero de su esposa desaparecida.
Anocheció. Las luces de la policía alumbraban el camino que conducía a la cala. El inspector Mendoza le había indicado a la chica que aguardara arriba. Hacía frío o quizás no, porque sólo ella tiritaba. La angustia se empeñó en acompañarla aunque Lucía se esforzaba por desembarazarse de ella. Cuando vio que Mendoza comenzaba a subir, el viento amainó, los sonidos huyeron, el suelo se diluyó, el mundo se detuvo.
―Señorita Muñoz, no hemos encontrado nada.
La sangre volvió a hormiguear por el cuerpo de la chica.
―Me temo ―continuó el policía― que aquí ya no tenemos nada que hacer. Voy a dar la orden de levantar el dispositivo de búsqueda en este lugar. Creo que debería considerar seriamente la posibilidad de que su madre se haya marchado voluntariamente.
―¡No, no y no! ―gritó la chica―. ¡Usted no conoce a mi madre! Por favor, búsquela entre las rocas de la ladera. Quizás trepó por ella, se resbaló y está herida, atrapada en un lugar aparentemente inaccesible… es muy atrevida. Quizás… esté muerta ―Lucía comenzó a sollozar negando con la cabeza las palabras que acababa de pronunciar.
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Miriam saldó las deudas de la viuda, costeó los estudios del huérfano y los visitó asiduamente como si fuesen una extensión de su propia familia. Jorge aceptó la situación porque esperaba que con ello Miriam cerrara sus heridas, todas. Heridas que él podría haber evitado si, aquel funesto día, hubiese elegido bien sus prioridades; su conciencia lo declaró culpable de todos los cargos.
Día tras día, la viuda fue construyendo con sus lastimeros cantos de sirena los barrotes de la prisión donde encerró a Miriam. Para evitar su fuga, encadenó su alma atormentada con los lazos de la amistad y derramó sobre los dolores de su cuerpo remedios que acabaron con ellos pero también con la dignidad de la esposa de Jorge.
En este punto del relato, Amelia interrumpió a Jorge:
―¿Cómo es posible que no te dieras cuenta de que esa bruja había enredado a Miriam en las drogas?
―No lo sé. Esa mujer nos engañó con su apariencia de cordero degollado. No sólo nos hizo creer que no nos guardaba rencor sino que además nos convenció de que se compadecía de las dolencias de mi mujer. Con esta excusa le suministraba toda clase de pastillas, aparentemente de compuestos naturales; Miriam se enganchó a los calmantes y a los somníferos. Supuse que sería algo pasajero. Jamás pensé que saltaría a la cocaína. Cuando descubrí su dependencia, la interné en una clínica de desintoxicación e impedí que tuviera acceso a nuestros bienes. Se escapó. Vendió a la competencia los secretos de nuestra empresa. Todo se perdió. Ella desapareció. Ni siquiera sé si está viva.
Amelia tampoco sabía si su esposo estaba vivo. Se había acostumbrado a vivir con ese desasosiego pero al escuchar las confidencias de Jorge, le inquietó la posibilidad de perder a su marido sin que él supiera que lo seguía queriendo, a pesar de la mala racha que atravesaban como pareja desde hacía varios años.
Unos lejanos gritos espantaron los agitados pensamientos de Amelia.
―¿Has oído eso? ­­―le preguntó Amelia a Jorge.
―¿Qué?
―Ahora, otra vez. ¿No lo oyes?... ― Amelia aguzó el oído―  Es mi nombre… ¡Están gritando mi nombre!... me llaman…Tengo que irme.
―Pero, yo no oigo nada… no entiendo que te… ­―Jorge se quedó boquiabierto viendo como Amelia se daba media vuelta con una extraña expresión dibujada en su rostro y se marchaba atropelladamente de la cueva.

Jorge corrió tras ella. Cuando llegó al exterior, la playa estaba completamente desierta. Amelia se había esfumado.