EL DÍA QUE LE ROBÉ LA CREMA A MI ABUELA

Mi colegio tiene un patio muy grande donde en el recreo juego con mis amigas Pili, Jimena y Carla.

Jimena se cree muy grande porque ya ha cumplido ocho, y es muy mandona. Casi siempre quiere que juguemos  a la Voz Kids, y cada vez que lo hacemos, se pide ganar (claro, qué lista) porque dice que ella será una cantante famosa algún día.

A mí me gustaría eso… lo de ser famosa. Los famosos no trabajan. Eso dice mi mamá. Aunque yo creo que también ella querría serlo porque cuando se cree que ni papá ni yo la vemos, coge el mando de la tele y pone esos programas donde salen cantantes, actores y mucha gente que no sé lo que hace, y están todo el tiempo como peleándose. ¡Después mamá le cuenta a doña Paquita, la vecina del quinto, que no le gusta mirar esas tonterías! Yo me río mucho (sin que ella se entere) cuando la escucho decir esto.

Huy, ya no me acuerdo lo que estaba contando. Ah, sí… Antes jugaba en el cole con Anita (era mi mejor amiga y me lo pasaba mucho mejor con ella que ahora con Pili, Jimena y Carla) y como vivía al lado de la casa de mi abuela Maribel, las tardes que iba a verla, le pedía permiso y me iba a jugar a casa de Anita; que tenía un jardín la mar de chulo, con muchas flores.

Un día mamá y yo fuimos a casa de la abuela. Siempre, en cuanto llego, me da un bocadillo de mortadela para merendar (es que a mí es el que me gusta más; aunque a mi madre le da coraje porque dice que ya se lo podía pedir de jamón serrano, de ese de 4G…, que la abuela Maribel tiene mucho dinero, que no sea tonta…). Bueno, pues yo me estaba comiendo el bocata cuando la abuela, que es muy presumida, le enseñó a mamá una crema "caríííísima" (de verdad que lo dijo así, poniendo cara de asustada) que se había comprado para quitarse las arrugas de la cara. Le dijo que esa crema servía hasta para borrar las manchas de la piel y que si a ella le iba bien, se la regalaría por su cumpleaños; a lo que mamá contestó con esa voz que pone cuando está enfadada pero hace como si no lo estuviera: "Ay, no te preocupes Maribel. Si te ha costado tanto, no te molestes, al fin y al cabo, a mí, todavía no me hace falta".  La abuela, con cara de malas pulgas, se fue con la cajita de la crema al cuarto de baño mientras le decía a mi madre que todo llega y lo que sube, baja (yo qué sé… las dos dicen cosas que no entiendo nunca). Sin que ella se diera cuenta, me fijé en qué cajón la guardaba. Cuando volvió al salón y las dos estaban distraídas, cogí la crema y salí corriendo a casa de Anita. Pero mamá me pilló en la puerta y me preguntó que a dónde iba yo tan "ligerita" y que qué llevaba en el bolsillo del pantalón. Yo le dije una mentira. Pero no se la tragó.

Cuando le conté la verdad, que la crema era para que a la madre de Anita se le quitaran las manchas moradas que tenía en la cara, los brazos y las piernas, se puso muy blanca y seria. Me dijo que me fuera a jugar al Candy Crush con el móvil de la abuela (eso sí que era raro porque no le gustan nada, pero que nada, esos juegos), que ella se la llevaría ahora mismo.

Tardó un montón en volver y cuando llegó, tenía los ojos rojos. Me dio un beso en la frente y me abrazó muy fuerte. «Eres una niña muy buena», me dijo. ¡Y yo que pensaba que me iba a castigar! ¡Qué raras son algunas veces las madres!

Después de las vacaciones de Navidad, mamá me explicó que Anita y su madre iban a mudarse a otro pueblo y que Anita tendría que cambiar de colegio.  Me puse muy triste y empecé a llorar. Mamá me dijo que no llorase, que ahora ellas eran más felices porque en ese pueblo a  la madre de Anita no le saldrían más las manchas moradas.

En el colegio, Jimena, que siempre está escuchando lo que dicen los mayores, nos contó que el padre de Anita le pegaba a la madre de Anita, que por eso se habían ido a otro sitio las dos, sin el padre. Como yo no me lo podía creer, se lo pregunté a mamá. Me contestó que sí.
Yo no lo entendía: el padre de Anita había jugado muchas veces con nosotras y yo lo había pasado muy bien. «¿Por qué le pega, porque no la quiere, mamá?», le dije. Y ella me respondió: «Sí, sí que la quiere. La quiere para burlarse de ella, la quiere para humillarla, la quiere para obligarla a hacer lo que a él le dé la gana, la quiere para pisotearla, la quiere para que pague sus frustraciones,  la quiere para maltratarla…».

Había muchas palabras nuevas que no comprendí pero por la cara de mamá y la manera en que repetía «La quiere para… », yo no quiero que nadie me quiera así, ni a mi mamá. No, no lo quiero.