TRINCHERAS DE CARMÍN - CAPÍTULO V DE V (ÚLTIMO)


CAPÍTULO V – La huérfana


A principios de octubre del año pasado, Lilou había malparido casi a término del embarazo. Ella temía que cuando el major Schröder se enterase, se enfurecería y la dejaría tirada como una perra. La esposa de Schröder, la legítima, que residía en Berlín, era estéril, y el oficial alemán ansiaba ser padre. Así que Lilou mandó a Clementine a la inclusa de Nantes a comprar un bebé, antes de que Schröder regresara de París.
     —Señora, yo fui a la inclusa, de veras, pero no había recién nacidos. Las monjas me dijeron que fuese al hospital de la Visitación y preguntara por sor Bernardette —le contestó con un hilo de voz la cocinera—. Ella me entregó la niña.


     —Mi hija… —pronunció las palabras con asco—. ¿Es la hija de Janine? ¡Contéstame! —le gritó a Brigitte sacudiéndola otra vez.
     La joven lo negó incesantemente con la cabeza. Con ese movimiento, las orejas de Brigitte quedaron a la vista de Lilou.
      —Ya no hace falta…, idiota, te has descubierto tú solita. Sí, es tu sobrina. Las mismas orejas, casi sin lóbulos, y también los mismos ojos. —Otra vez le afloró en los labios una sonrisa envenenada que anticipaba otro golpe bajo—. Ahora que lo pienso, me alegro de que lo sea. No la vas a ver nunca. Y la voy a criar como una alemana, una nazi; jamás sabrá ni de ti ni de la mosquita muerta de su madre. ¿Te has enterado bien?
     La ira se apoderó de las pocas fuerzas que le quedaban a Brigitte y de un salto empujó a la mujer que cayó de espaldas sobre la mesa de la cocina, justo al lado del cuchillo con el que Clementine había cortado las rebanadas de pan. Lilou, con un rápido movimiento, lo agarró y se lo clavó a Brigitte por la espalda cuando esta enfilaba el pasillo por donde había desaparecido Suzette con el biberón.
     La hoja afilada la traspasó.
     Cayó de rodillas sin proferir un solo grito, se ladeó y quedó tumbada, inmóvil, en el suelo.


     —¿Qué ha hecho, señora? ¡Qué ha hecho! —gritó Clementine al mismo tiempo que se arrodillaba junto a la joven—. ¡La ha matado! —Lloró mientras se daba puñetazos en el corazón con rabia y amargura. Se inclinó sobre ella, le pasó un brazo por debajo de la espalda y la meció contra su pecho—. Chsss, pequeña. Ya se acabó. Descansa.
     La señora Schröder le propinó un puntapié a la anciana cocinera. Pretendía que se levantase para que, juntas, se deshicieran del cadáver. Pero Clementine no se movió, ni tan siquiera parecía oírla; es más, comenzó a canturrear una nana y siguió acunando a la pequeña de los Fontaine.
     Una sombra se escabulló de la mansión silenciada por la rota cancioncilla de la cocinera. Se recortó primero sobre el muro lateral para después alargarse rumbo al embarcadero cercano. Antes de desamarrar una de las barcas, le susurró a la cabecita que reposaba sobre su hombro:
     —Duerme, mi chouchou, cierra tus ojitos. Mis camaradas y yo impediremos que esa golfa te robe la memoria; te lo juro. Ya me encargo yo de que nadie vuelva a llamarte Hilde. A partir de hoy, serás Brigitte, como tu tía. Sí, mi pequeñita, tan cierto como que me llamo Suzette.

Suiza, 1974

Madame Giroux alzó la cabeza. Carraspeó varias veces. Quería asegurarse de que la voz no le temblara. Pero pensó: «Y qué más da». Así que con palabras quebradas les contestó:
     —No me siento capaz de juzgar si mi familia estuvo del lado de los héroes —miró a Pierre Saugier— o de los villanos. —Se giró hacia Gideon Hofstein. Después, abarcó a todos los alumnos con la mirada y continuó—: Sobreviví, y tengo esta vida gracias a que mi tía Brigitte Fontaine, una joven como vosotros, y Suzette Giroux, una muchacha calificada de simplona y alocada por sus convecinos, cambiaron el guion que la guerra había escrito para mí.


Fin
Gracias por haber acompañado a Brigitte hasta el final de este viaje. Hasta hace poco, a los franceses les resultaba muy difícil reconocer que a las heroicas historias de los partisanos también debían unir las oscuras de los colaboracionistas para tener una visión más real de su participación en la Segunda Guerra Mundial. Ni los partisanos ni los colaboracionistas fueron tantos, más bien la mayor parte de la población de la Francia ocupada intentó sobrevivir. (países que colaboraron con la Alemania Nazi).
¿Qué piensas de los personajes de esta historia? ¿Qué refleja cada uno?