DEBAJO DEL MIRIÑAQUE (Cádiz 1830, Cádiz 2015)

Fusilamiento de Torrijos en la playa de San Andrés (Málaga), por Antonio Gisbert Pérez
Cádiz, 1830
Aquella mañana de finales de 1830, el muchacho dobló la esquina de la calle Pelota batiéndose contra el levante —el viento que barría las calles de Cádiz y removía las ansias de aires liberales de sus habitantes—. La determinación del joven se traslucía en la orgullosa mirada, casi oculta por la gorra, y en las apretadas  mandíbulas. "Ojalá mis padres pudiesen verme", pensó. Sus padres… hacía nueve meses que yacían sepultados bajo una pesada lápida de hambre e injusticia. Sus entrañas gimieron, desgarradas por los negros pájaros que invadían  sus recuerdos. Pero enseguida los espantó con un solo pensamiento: barrer de España a Fernando VII, ese maldito rey que había pagado con hiel la valentía del pueblo que luchó para restituirle la corona. Se tocó el pecho; sí, justo un leve toque donde custodiaba las ansiadas nuevas de Bayona con las instrucciones para el inicio de la sublevación. Debía entregarlas a D. Juan López, el profesor de música.
Lástima que una bala realista se lo impidiera. El chiquillo se desplomó en el sucio suelo. Por sus mejillas inertes procesionaron unas silenciosas lágrimas que mancharon la calle de ilusiones marchitas.
Más tarde, la policía aporreó la puerta del estudio de Juan López con el ímpetu del rival que se sabe vencedor. El maestro, en un gesto instintivo,  acarició con ternura las teclas del piano por última vez. Era fácil adivinar que para él todo se había acabado. Sin embargo,  aún podría alertar a sus compañeros, por lo menos, a los gaditanos: tomó el libro de partituras que reposaba sobre el piano y, muy deprisa, garabateó en la última página  la contraseña convenida  para abortar el levantamiento. Seguidamente, antes de abrir la puerta a sus verdugos, le encomendó  encarecidamente a Pepa, su fiel sirvienta, que se lo devolviera a su dueña, la señorita María Eugenia Doussy. "Ella, ella entenderá… ella los salvará…", pensó Juan López.
Y así sucedió. Muchos gaditanos liberales escaparon de una muerte segura gracias a la señorita Doussy.
Cádiz, 2015
El olor a humedad abofeteó a los dos estudiantes de Historia cuando abrieron la puerta de la buhardilla. "¡Quillo, qué mala pata tenemos! ¿Siempre somos nosotros los primos? Un pedazo de casa del Cádiz del 1800 y nos mandan a inventariar el único rincón donde no se puede ni respirar", se lamentaron malhumorados.
Al poco de estar allí, descubrieron una pequeña ventana que abrieron de par en par. Un error: el viento de levante, sin pedir permiso, se adueño sin piedad de la estancia, revolviendo olores, polvo y legajos amontonados. Uno de estos se cayó del velador, que durante más de un siglo lo había sostenido, desparramándose por el suelo.
Manolo, que así se llamaba uno de los estudiantes, se agachó para tratar de recomponer el estropicio cuando le llamó la atención un ajado libro de partituras. En la primera página figuraba un nombre: María Eugenia Doussy. La mayoría  de las composiciones eran simpáticas coplillas que exaltaban a Fernando VII, a la Constitución de 1812 y a los liberales.  Pero lo más curioso es que en la última página, escrito a mano con una horrible caligrafía, podía leerse: camisas 11, enaguas 4, medias 6, pañuelos 2, todo en Cádiz.
—Fran, mira. —Le mostró a su compañero la anotación—. Échale una foto y se la mandas por wasa a  la Lola. Dile que eso era lo único que tenían en la cabeza, además de los rizos, las cursis gaditanas del  XIX. ¡Verás cómo se pica!—dijo Manolo, riéndose.
—¡Cómo lo sabes, Manué! La tal… Doussy: otra boba con miriñaque.