HIJO MÍO


Hijo mío, después de abandonar tu cuerpo en la temida tierra de las frías sombras, me peino con tu aroma, me visto con tu voz, me calzo con tu aliento. Me asomo al espejo y el frágil cristal me devuelve un solo reflejo: el tuyo. No me veo. No me oigo. No me encuentro y ni yo misma me busco. Desaparecí.

Las horas se atragantan con los años mientras tú, encerrado en el espejo, languideces. Me tiendes tus brazos para rescatarme de los cardos y abrojos que me sepultan, pero yo no sé dónde están los míos. Rompes a llorar y entonces tus lágrimas componen la música que diluye tu aroma, apaga tu voz y retiene tu aliento. Me asomo al espejo y el frágil cristal me devuelve dos reflejos: el tuyo y el mío. Me veo, me oigo. Ahora, estoy.